
El diputado Darío Vivas se preguntaba si Chávez no tendría
la facultad de bilocación. Los datos que tenía parecían confirmarlo. El
Presidente estaba sano, estaba en tratamiento y estaba enfermo.
Todo al mismo tiempo. Darío meditaba profundamente, releía
sus fichas de importantes párrafos de obras famosas de filósofos y
parapsicólogos que trataban el tema. Las escribió en la Escuela de Frankfurt.
Conocía también la teoría de las partículas cuánticas que pueden perfectamente
estar en varios lugares a la vez, ceteris paribus, que al observar su función
de onda parecen colapsar y estar en un solo punto del plano.
Igual recordó que de acuerdo con la doctrina católica es por
la gracia de Dios que un cuerpo humano se duplica realmente para actuar
"un segundo yo" a kilómetros de distancia, en Venezuela y Cuba,
verbigracia. Se quedó tranquilo viendo a Carlos Berrizbeitia salvando su voto
en la solicitud de permiso para viajar del Presidente. Darío repetía
mentalmente: "Esos no saben que el comandante está en Caracas y en Cuba al
mismo tiempo". La diputada María de León, con un frenesí juvenil y una
exacerbación conductual gritaba: "La oposición debería pedirle perdón a
Dios por negarse el permiso a Chávez, nuestra deidad". Tenía las pupilas
dilatadas y unas pequeñas gotas de sudor le corrían por las sienes.
María sabía que el Presidente tiene el poder de la telergia.
Un perfecto psicokinético.
Desplaza las cosas, las masas, el mundo, si es necesario,
sólo con el poder de su mente.
María lo había visto actuar en muchísimas oportunidades.
María sabía que el mandamás movía el TSJ, la Fiscalía, la AN
sin tocarla físicamente. Los objetos, personas e instituciones se elevaban como
los metales en el aire bajo el efecto del poder de Magneto, el antihéroe de la
serie X-Men.
Diosdado, por su parte, había repasado todas las obras de
los principales filósofos universales. Encontró fallas en los discursos de
Platón, Aristóteles, Descartes. Volvió de nuevo a acribillar las estúpidas
teorías de Hegel con el armamento marxista que tanto dominaba.
Esa contradicción entre Einstein, Newton y Hawking sobre el
origen del universo, sobre el Big Ban, las sincronizaba sin escribir ni una
sola letra, una sola frase. Diosdado era el rey de Agrafía. Había sido
vicepresidente, gobernador, ministro sin haber escrito jamás ni una sola carta,
oficio o memorándum. Cabello se paseaba por la paradoja de Yang-Mills donde se
afirma que si A=B existirá un área donde B es diferente de A. Su conclusión
Chávez=chavismo, pero chavismo es distinto de Chávez.
Todo ello sucedía en varias dimensiones. Varios mundos
superpuestos. El real verdadero. El que ven los diputados chavistas. El que ve
el público presente y el único y auténtico, el existente en la mente del líder.
En ese mismo acto el Big Chief descubrió que la CIDH había
sido creada con mucha anterioridad a su mandato (1545) pero construida
precisamente por nigromantes y quirománticos, enterados de que años después
(1998) llegaría un hombre como Chávez a gobernar Venezuela.
Aristóbulo, por su parte, acreedor de los más reputados
poderes afrodescendientes y admirador ferviente y fiel de los escritos y
designios de Obatalá, de las reflexiones de Eleguá y los cánticos de Changó y
Ogún, miraba tranquilamente el debate. Aristóbulo había visto, en su condición
de gran sacerdote de la Teleplastia, demasiadas imágenes que le revelaban la
verdad. Su capacidad radiestésica le permitía conocer dónde estaba la verdad.
Por su parte, Rosa Virginia y Arreaza se montaban en el avión
presidencial para seguir gobernando desde Cuba y preparándose para heredar el
poder presidencial, ambos con los pies firmemente en la tierra. Lo digo yo, que
tengo el poder de la metempsicosis.
Alabado sea Nostradamus.
Por Eduardo Semtei.
El Nacional.
Por Eduardo Semtei.
El Nacional.





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